miércoles, 18 de noviembre de 2009

MARANGA

El viento soplaba en la oscuridad, en esa noche que por alguna razón fuera del entendimiento de los hombres era, más negra que de costumbre. En medio de esa boca de lobo, María se encaminó con paso veloz hacia la cima de la montaña prohibida, donde residían los espíritus perdidos de los antepasados.
Sentía como si la observaran durante su camino. Su poderosa fuerza interior, sin embargo; la obligaba a continuar. Desde lo alto del cielo, una piadosa luna la guiaba con una luz tenue.
María, habiase marchado del campamento sin permiso, pero ella estaba convencida de que su situación así lo exigía. Quería hacer realidad inmediata sus más caros sueños, pero la sangre que llevaba en sus venas se lo impedía. La fuerza gitana era más potente que los deseos de su corazón.
A su paso la vegetación se movía al compás del ritmo que marcaba el viento creando una coreografía espectral, que recordaba las viejas leyendas de antiguos caballeros desaparecidos y olvidados por el tiempo.
Sin aliento, María se sentó al llegar a su objetivo. Eran las doce menos diez, tenía poco tiempo. Debería decidirse pronto si llevaría a cabo o no su plan antes de la medianoche.
Un lobo a lo lejos aulló…
Silencio.
María se hincó y se persignó. Mientras oraba, las nubes taparon la luna y todo quedó aún más negro, peor que el alma escondida de los hombres.
Una música comenzó a escucharse, era el himno de los vientos. Ese himno, que según los viejos; era el llanto de la madre tierra que había sido lanzada a los avernos por su hijo primogénito.
Era Maranga, la diosa de los primeros gitanos de la historia, la señora de los alquimistas, la cazadora de los antiguos chamanes.
Hipnotizada por la voz de los cielos, María comenzó a girar y danzar, como lo había aprendido de los viejos libros que había leído a hurtadillas mientras todos dormían. Esos libros que habían sido escritos con sangre de aves nocturnas y poseían un maleficio para todos aquellos que sin tener sangre salvaje tuvieran la osadía y el sacrilegio de leerlos.
María bailaba incansable, sus pies parecían no poder detenerse. Las nubes de repente se abrieron y una luz intensa iluminó el terreno donde se encontraba María. La noche dejo de serlo para convertirse en día.
Una mujer de largo y negro pelo vestida con ropajes blancos venía caminando por el sendero luminoso. Cada partícula que ella tocaba se convertía en un extraño punto del que partían haces infrarrojos.
María se detuvo de repente por la impresión que le causó la imagen de la diosa maldecida. Maranga, la diosa prohibida, la esposa del regidor de la furia de los cielos se acercaba a ella.
María sintió como las piernas le comenzaron a temblar y debido a ello se precipitó al suelo.
Maranga se acercaba más y más. María cerró los ojos invadida por el terror nocturno. Sintió como una mano helada, como de otra dimensión; tocaba su hombro.
María levantó la vista y vió a Maranga frente a ella. Maranga la observaba con una expresión seria. Una máscara neutra era su rostro.
-¿Qué deseas hija mía?- le preguntó.
Su voz retumbó en el espacio formándose un eco en el vacío de su corazón.
María sintió ganas de llorar.
¡Era una cobarde! Pensó que quizás su acción hubiera despertado la furia del hijo bien amado, el dios de su tribu. Pasaron tres minutos antes de que María pudiese expresar algo. Maranga, mientras tanto; caminaba a su alrededor dibujando círculos de fuego de los que emanaban nubes de olor nauseabundo.
Gases de deuterio provenían de su aliento y cada partícula de barro, a su paso, se convertía en oro.
-¿Qué sucede?-preguntó Maranga fastidiada.
María deseó huir del lugar, pero una fuerza desconocida se lo impedía.
-Señora- expresó por fin María- no tengo valor para decirlo.
Una risa retumbó en sus oídos. Un movimiento de crestas y valles capaces de quebrar el más fuerte cristal.
-¿Acaso me encuentro con una gitana cobarde?- preguntó burlonamente la diosa desterrada.
María se sonrojó.
-Creo que no tiene el poder para conceder mi deseo.
Una bola de fuego bajó del cielo y cayó a unos metros de María, formando una nube en forma de hongo. Sus palabras habían disgustado a Maranga.
-¿Crees que no puedo? ¿No es así?-preguntó la diosa invocada.
Su poderosa voz se escuchó por todo lugar.
-¿Acaso tú posees el poder de esconderte tras el sol?
María respiró profundamente.
-No señora. Pero nunca he sido despreciada.
Maranga se irguió. El sendero de luz desapareció atravesando el ojo izquierdo de Maranga descomponiéndole en los colores del espectro, formándose después miles de pequeñas luces que comenzaron a girar alrededor de Maranga. La diosa semejaba algún sol de una galaxia recién creada.
-¿Y qué es eso que no puedo hacer? –quizo saber Maranga.
María se sonrió, había despertado el orgullo de la diosa.
-Quiero dejar de ser gitana- dijo María con los ojos iluminados con sus sueños largamente ignorados.
Maranga ladeó la cabeza divertida por los deseos de la gitanilla salvaje.
-¿Por eso me has conjurado hija mía?
-Si señora, sólo por eso-contestó María.
Maranga se acercó a ella y le acarició el rostro.
-Eres muy bella ¿lo sabes?
María dio un paso atrás. Su valor afloró para enfrentar a esa mujer etérea.
-Lo sé.
Maranga se elevó y comenzó a girar en el espacio, seguida se sus lucecillas. Su velocidad era tanta que elevó la temperatura del ambiente varios grados centígrados quemando la hierba fresca de los alrededores.
-Que así sea-expresó Maranga.
María se sorprendió. Nunca creyó que fuera tan fácil.
-Sólo que tudesco tiene su precio- le dijo Maranga.
-Lo que tu quieras señora- expresó María excitada por su triunfo.
Maranga aterrizó junto a ella y a su alrededor se formó un halo producido por cristales de hielo que comenzaron a formarse en la atmósfera. María sentía su carne quebradiza.
-Quiero tu hijo primogénito.
María bajo la cabeza. ¿Qué es un hijo comparado con mis deseos? Pensó por unos momentos.
-Está bien, es tuyo- contestó ella.
Maranga abrió sus ojos alegremente por la noticia.
-Tus deseos serán concedidos.
María se preguntaba el porque Maranga deseaba tanto a un niño.
-Estira tus brazos-le ordenó Maranga.
María alzó la vista para ver por última vez a la luna como una gitana y después hizo lo que le ordenara Maranga.
Al estirar sus brazos, Maranga de un solo golpe le cortó las manos con una brillante espada que se materializó de la nada.
María gritó de dolor. Una leve neblina de bromo, de color rosado, comenzó a cubrirla.
Mientras que por uno de sus brazos escurría su sangre gitana, por la otra un río rojizo de plasma y eritrocitos la llenaba de nueva. Era la sangre humana de repuesto.
La luna llena se apagó de repente y el viento comenzó a soplar más fuerte.
La rosada neblina inundó todo el valle, cubriendo incluso el lejano campamento desdeñado.
María se convulsionó en el suelo, hasta que no soportó más el dolor y se desmayó.
Maranga volaba de cabeza riendo por haber obtenido un nuevo hijo, que derrotaría a su primer vástago, que la maldijo con la esterilidad y la lanzó de sus dominios. Sólo que éste sería aún más poderoso…tendría un alma humana. Sería invencible, pues poseería el don más valioso de los hombres: El amor, que es tan poderoso como la capacidad de odiar.
Mientras Maranga se esfumaba en una dimensión perdida, la quimiotaxis terminaba su trabajo y María adquirió un color purpúreo oliendo a muerte.
Al amanecer, María se despertó sobre una lápida de mármol rosa, lejos de su hogar. Se encontraba rodeada de hermosas flores de colores. María se irguió extrañada. Vestía ropas elegantes y de alguna forma incómodas para su cuerpo.
Sus tejidos necrosados adquirieron de repente un tono rosado brillante, lleno de vida.
A unos pasos, una mujer con negro velo sentada sobre otra tumba fumaba un oloroso puro.
María se levantó y caminó hacia la salida. La mujer se retiró el velo. Era Maranga.
-No se te olvide María. Tu primer hijo será mío.
María se arregló el pelo con sus nuevas manos.
-No señora. No lo olvidaré.
Una lágrima de cuarzo afloró a los ojos de Maranga quien movía la cabeza en señal de afirmación.
De repente, Maranga desapareció en una ráfaga de brillos que inundaron el camposanto, sobresaltando incluso a los muertos. Más luego, poco a poco fueron consumiéndose hasta convertirse en un punto luminoso que se elevó a los cielos, para después caer sobre la tierra y desaparecer en sus entrañas dibujando una nube de colores fosforescentes.
María se detuvo en la puerta. Volteó hacia atrás notando como una turba de viejos y desdentados zombis gitanos la señalaban con ojos ardientes.
Su pecho latió con un nuevo ritmo y con indiferencia se alejó del lugar. ¡Nunca más sería gitana! Lo único que no sabía, era que había condenado a su alma y a su antigua raza para siempre, pues le había dado un hijo a Maranga quien ahora podría hacer realidad su venganza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada