domingo, 1 de noviembre de 2009

ROMANCE ELECTRÓNICO


Las computadoras no habían creado aún imágenes humanas realistas, pero la Compañía Digital Eléctrica lo había logrado ya después de varios años de investigación.
El profesor Robert Ulianov se sentía orgulloso de su creación, que había llamado “Marilyn M-150” en recuerdo de aquella actriz de Hollywood que tanto admiraba. Marilyn M-150 además de ser la máquina más veloz, era imaginativa y talentosa. Sin embargo, John O´Dowd, encargado del armado y mantenimiento de la máquina; no veía con muy buenos ojos lo que el grupo de científicos pensaba hacer con ella: palpar el infinito del alma humana, conocerlo, estudiarlo…
Con sus recursos ilimitados Marilyn M-150, era la esperanza de la ciencia moderna para descifrar esta eterna incógnita, que desde tiempos inmemoriales había tratado de explicar el hombre.
Uno de los científicos recordó que en una ocasión el malogrado Dr. Luis McKenna había tratado de hacer lo mismo, más sin embargo algo había fallado y el experimento había sido un desastre. Explotó el Centro de Investigaciones Cibernéticas y un pueblo cercano había sido victima de extrañas radiaciones desprendidas de la explosión, ya que al parecer las máquinas habían estallado al haber alcanzado la tercera dimensión de golpe por un error de programación.
John se fijó en el gran salón que albergaba las computadoras, concentrando su atención en los pocos muebles, en los cuadros, en las paredes y en el techo al mismo tiempo que encendía un cigarrillo Malboro, tan de moda en ese entonces en la red y echó el cuerpo hacia delante para acomodarlo mejor en la incómoda silla que ocupaba.
El grupo de investigadores había terminado de programarla.
- Señores- expresó Ulianov- estamos ante el prodigio del siglo XXI.
Al escucharlo Marilyn M-150 se sonrojó e hizo ondear su rubia cabellera que solo existía en su memoria de miles de millones de bites.
Los sabios discutían ahora acaloradamente sobre las bases para iniciar el experimento al día siguiente, cuando el propio presidente de la nación más poderosa vería todo a través de un circuito de pantallas conectadas al salón presidencial, tal y como lo había dispuesto el Instituto Nacional de Ciencias.
-Basta por hoy- puntualizó Ulianov- mañana Marilyn trabajará demasiado.
Todo el grupo salió detrás de él abandonando el laboratorio, todos excepto John.
Al estar solo en el salón, John vagó a la deriva por el vacío laboratorio extrañando el tableteo de los teclados, la atmósfera cargada de humo de tabaco, el incesante repiqueteo de los teléfonos y el rumor confuso de las voces. En todo este tiempo había empezado a amar a Marilyn y no podía entender porque. En alguna forma deseaba una explicación pero al mismo tiempo sentía temor de conocer la respuesta.
Encendió otro cigarrillo, se frotó las ingles con la mano derecha y acercándose a Marilyn se concentró en sus brillantes controles.
Le fascinaba la rapidez con que procesaba los problemas y el espíritu humano que poseía.
Marilyn lo observaba de reojo, como si supiera todo lo que ocurría dentro de él. En ella también fluía una rara corriente que no se encontraba almacenada en su memoria y eso le preocupaba, pues se consideraba infalible.
John cerró la puerta con llave y lentamente se acercó sentándose cerca de los controles, apagó el cigarrillo que antes había encendido en el negro cenicero de la mesa más próxima.
John cerró los ojos e imaginando ver los deslumbrantes colores de la eternidad, tocó suavemente el teclado y sacando valor de su yo más íntimo, escribió en la pantalla haciéndole una terrible confesión a Marilyn.
- ¡Te amo! ¿Sabes lo que eso significa?
Marilyn se sonrojó nuevamente, sintiendo fluir por sus circuitos un extraño algoritmo, algo que los humanos describen como sentimientos. Sus virtuales ojos azules lanzaron centellantes luces. Todos sus transmisores vibraban dentro de ella, hasta que en su luminoso y policromática pantalla imprimió: ¡SI!
John consultó el reloj y sin apresurarse comenzó a operar los controles, trataría de salvar a Marilyn de ser el juguete del grupo de investigadores, se perdería con ella para siempre en la dimensión perdida.
John era un hombre solitario, siempre había querido tener amigos, pero él solo sabía de circuitos, controles y programas.
Ahora tan sólo amaba a Marilyn, con un sentimiento morboso y difícil de entender. Había roto la regla número uno de los hombres y las máquinas. No pretendía separarse jamás de ella, era parte de ella, se sabía su creador, la amaba y sabía que de alguna rara forma era en parte correspondido.
Marilyn M-150 lanzó descargas y comenzó a trabajar. Enrojeció por el calor producido al aumentar su potencia al máximo, mientras su cerebro mecánico devoraba universos jamás alcanzados.
John cerró en los ojos y soñó en la nada, mientras extrañas formaciones pegajosas se iban adhiriendo a su cuerpo y al de Marilyn.
Lentamente fueron disolviéndose, desapareciendo. John sentía como se le iba cristalizando la sangre mientras se le transparentaba el cuerpo, confirmando estupefacto, con cuanta lentitud reaccionaba ahora su cuerpo. Marilyn M-150 emitió un gemido, sufriendo entonces John porque por vez primera se sintió culpable de un crimen al forzar a Marilyn a emprender tan descabellada aventura, pero era demasiado tarde para arrepentimientos.
Casi al final, en el último momento sintió miedo. Nubes y azules vapores lo rodeaban lentamente y a un tiempo miró a la máquina y ella a él.
De repente, John estaba dentro del programa y vió a Marilyn frente a él materializada, la besó y la abrazó lentamente mientras sus cuerpos se fundían en un solo esquema. Toda su ciencia, sus razonamientos y análisis se esfumaron, mientras él y Marilyn se perdían y desparecían entre la inmensa red de la información.
Realmente estaba ocurriendo, se evaporaron en la dimensión donde el tiempo ya no importa para nada. Todo había acabado en menos de cinco minutos.
A la mañana siguiente, cuando el grupo de investigadores se reunió para comenzar el experimento, solo encontraron cenizas, raros cuarzos y el acero del cuerpo de Marilyn M-150, en una forma que semejaba a una escultura modernista parecida a un corazón humano.
Mientras un par de ojos los observaban desde el infinito y una alegre sonrisa de dibujaba en el más allá, al ver a los incrédulos y sorprendidos humanos…

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