domingo, 8 de noviembre de 2009

SUEÑO

Foto: "Ondas" (Jesús A. Sánchez Valtierra)


Miles de ideas revoloteaban sobre la mente de Armando, mientras una voz interior le seguía sin tener una explicación aparente a través de la orilla de una nada sin retorno.
Él sabía que aquello sólo sería el principio y así fue.
Desde lo alto, su cuerpo experimentaba una extraña y enigmática energía. Maldijo la voz aquella y negó su existencia.
Desde mucho antes, sentía un fuerte llamado a la tierra. A esta tierra nuestra llena de máquinas, en donde una alucinación se convierte en un dato más de computadora. Una vieja canción que ya había oído antes.
Soñaba (¿O quizás veía? Era difícil de precisar) extraños cuerpos etéreos que flotaban sobre el cielo y emitían antiguas oraciones en un legendario universo anterior de un mundo superior lejos de su comprensión.
Nada le importaba.
Nunca había sacado a la luz esos sueños que perturbaban el tiempo y le destruían la paciencia, así que ni veía ahora la utilidad de sacarlos a flote, a fin de cuentas, la perspectiva era la nada perpetua, en donde una pregunta y su respuesta eran aceptadas de antemano por la razonable inexistencia de algo mejor en este mundo de metales sin alma y sin sueño.
Nada más que espacio puro y vacío lo envolvía, naciendo en su interior una extraña sensación por lo prohibido; de un momento a otro temía hallarse frente a si mismo y destruirse.
Un sabor a desnudo sueño se desdibujo en sus labios y en la noche los sonidos lo sobresaltaban, ignorando el sentimiento que lo perseguía. Aquella voz que lo martirizaba, aquel sentimiento que escondía. Armando nunca soñaba, pero la voz era tan insistente que penetraba por su cuerpo y experimentaba un pánico ciego que le proporcionaba una sensación similar al sueño.
Incluso una noche llegó a pensar que quizá había muerto. Pero no era así, su mente se ausentaba y su cuerpo no respondía a los estímulos terrestres. Nada era nada y el todo era casi infinito.
Espantoso silencio de generaciones de ingenuos que llenos de complejos inundaban su mente y su entendimiento. No lograba desenredar los conceptos de esas puertas que ahora se abrían ante él, avivando los recuerdos insepultos de los dolores que el tiempo no había logrado cubrir.
Una noche, sintió de repente como en su interior, una burbuja de aire, algo semejante a la pasión; se esforzaba en salir y su mente se movía entre difusos pensamientos de largos caminos sin recorrer que ahora pisaba.
Tenía la sensación de que su yo interior era ahora una presencia exterior inconveniente, un elemento natural que flotaba en una mezcla de algo indefinido e inconcreto.
Sus recuerdos se entremezclaban entre una solución de vagos razonamientos ingrávidos. Era terrible.
Pensó que jamás terminarían aquellas señales que lo consumían por dentro. Lúgubre tiempo que lo enloquecía. Maldita ciencia empírica que lo consumía. Fuego que lo fundía. Suaves sonidos que lo seducían y el todo que lo enardecía.
-¿Y qué es lo que busca?- se preguntó
La respuesta carecía de sentido, pues su cuerpo sobre la tierra estaba inmóvil y la voz no daba señales de terminar.
En el piso junto a él, bordes pulidos de una extraña grieta emitía nubes de humo nauseabundo que cubrían de repente todo, emitiendo al mismo tiempo suaves murmullos que respondían intermitentemente al llamado de aquella voz que lo seguía.
-Acaba de una vez-recuerda que gritó.
Verdes quijadas de piedra herían su cuerpo y una bestial orgía de antiguas divinidades carnívoras lo destruían.
El sol se multiplicó y de repente diez soles inundaron su muro bajo la mirada de un arcángel sin sentimientos que apareció de pronto en el cielo y lo señalaba con ojos de odio y fuego que hicieron vibrar su alma de miedo.
-¡Demonios basta ya!-expresó Armando.
Y su cerebro estalló como si lo hubiera golpeado una fuerza infinita con súbita energía.
El dolor marcaba su corazón como un profundo tatuaje involuntario.
Armando yacía boca arriba con la cara bañada en lágrimas, orando porque todo terminara.
De repente, su cuerpo se encontró flotando y comenzó a girar como una estrella desorientada en una galaxia recién creada, tomando a su cuerpo como eje. Un aguijón de suave piedra verde de la que surgió un raro himno que la voz, aquella voz de siempre; acompañaba como poseída en una tonada de rock primitivo etéreo que surgía en él mismo.
-Termina, termina, termina-susurró y un súbito impulso lo golpeó para que callara.
Las notas inundaban el are y la voz y su coro le destruían sus razonamientos.
Duro dolor de comprender lo desconocido de la responsabilidad encerrada en uno mismo que los sueños siempre acaban por revelar. Duro dolor de comprender que no somos nada y en nada nos convertimos. Duro dolor de saber que nuestros sentimientos reprimidos acaban por destrozarnos si nos sujetamos a los falsos convencionalismos que nos atan de por vida.
Un olor a gas le llenó los sentimientos y un primitivo principio de cosas similares le hizo perder el sentido.
Eran las seis y cuarto cuando se despertó. Nada sucedía ya a su alrededor. La grieta ya no estaba, aquella voz no lo llamaba más.
Estaba en su cama desnudo y cubierto apenas por unas sábanas blancas de desdibujados pensamientos.
A través de su ventana, parcialmente abierta, podía ver como el sol lanzaba sus primeros rayos destruyendo los suaves espíritus de la noche.
Se sentía vacío, tranquilo y serenamente comprendió de repente todo.
La energía que lo había invadido ya no estaba y su mente se abría de pronto a nuevas e interesantes perspectivas que nunca antes había notado.
Se fué al cuarto de baño e instintivamente Armando cerró la ventana, como queriendo protegerse del sueño por si acaso volviera.
Se duchó y se cepilló los dientes.
Se estaba secando cuando escuchó de nuevo la voz, se detuvo en seco y miró sobresaltado a su alrededor con destacada curiosidad.
-No, creo que no- se respondió a si mismo al ver que la voz ya no lo llamaba.
Observaba el exterior con un nuevo concepto, era como aventurarse en un nuevo principio, como si el sueño volviera a comenzar. No obstante, no era así.
A su lado, junto a él, vió aquello que lo había atormentado. Un desdibujado sueño azul verdadero que acariciaba suavemente su rostro y se perdía ante la mirada curiosa del sol. Ahora lo comprendía, había pisado las tierras prohibidas donde el color cero era el dominante del espectro y en donde el brillo de la existencia no se atrevía a destruir la composición de los colores de los oscuros secretos interiores.
Pensaba en lo desconcertante de las últimas palabras de la voz, en los gritos que había escuchado desde abajo.
¿Qué era? No lo sabía, los recuerdos eran imprecisos.
De lo que estaba seguro era que aquel sueño había aclarado su mente, de repente todo tenía respuesta. Todo se abría ante él, todo lo sabía, nada ignoraba.
¿Era cierto o no?
No importaba.
De repente, Armando se encontró llorando al descubrir que era fuego bajo las cenizas y que el dolor reprimido acabaría por destruirlo.
Por descubrir que era producto de un impulso y que nada lo salvaría. Por descubrir que era nada sobre la nada. Por descubrir que jamás podría sacar con valor los deseos internos que lo consumían.
¡Maldito sueño!
Cerró los ojos y Armando volvió a soñar.

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