miércoles, 2 de diciembre de 2009

LO QUE JORGE EVOCÓ EN EL ELEVADOR




Jorge Alberto Guzmán caminaba con pasos enérgicos por Avenida Medico Militar. Lucía impecable con su saco Arman hecho a la medida, sintiéndose como un ángel del Greenwich Village recorriendo las calles pavimentadas, de falsas promesas; que el profeta del lucro prometía en sus bendiciones a los mirones de los escaparates de la zona dorada.
Jorge se encontraba enfurecido consigo mismo, pues debido a la borrachera de la noche anterior estaba retrasado para la cita. Apenas comenzaba el verano y otra vez iba a llegar tarde. Una mancha más en su currículum de puntualidad y asistencia por culpa del espíritu añejo del Bacardí.
El edificio Florida lucía imponente recortando el cielo en fragmentos geométricos.
-¿Por qué escogerían ese nombre?- pensó Jorge al irse acercando al inmueble.
Por lo menos es viernes, se dijo a si mismo en la embriaguez de sus pensamientos. Estaba tan fastidiado de su monótona vida, que ni el cheque quincenal lograba animarlo y, solo revoloteaban en su cerebro graznidos de gaviota. Jorge olfateó el aire salado de South Beach. Después de subir los escalones, Jorge entró al elevador junto con cinco oscuros ocupantes. Antes de cerrarse las puertas, alcanzó a entrar una muchacha con amplia sonrisa a la Fawcett y un buen cuerpo, parecía una maestra de aerobics o una hermana perdida de Paulina Rubio.
Por culpa de otros ocupantes del elevador, la güera se apretó contra él. Solo algunos centímetros separaban sus labios de la oreja de ella.
La escena resultaba totalmente sensual. Mientras brotaba la música (era “Fever” de Kylie Minogue) con su ritmo hechizante y cachondo. Las luces suaves de colores sibaríticos bajaban de intensidad y el aire se cargaba de lujuria. Jorge se encontraba casi en un trance.
La mujer se sacudía con la música, mientras deslizaba sus dedos sobre la dureza cálida de su miembro excitado.
Impulsado por las ansias de su miembro carnoso, Jorge abrazó a la desconocida por la cintura, mientras sus acompañantes en el viaje a la tierra de Oz se convertían en anónimos espectadores.
¿Por qué ser tímido cuando es tan fácil convertir a los desconocidos en amigos?
Jorge metió las manos bajo el vestido de la chava y lo levantó por encima de su cintura. Estaba apoyado sobre su trasero, sintiendo la rigidez de su pene que palpitaba bajo sus pantalones de diseñador.
-¿Qué habría hecho Lorena Bobbit en una situación parecida?-
La mujer estaba tan húmeda que abrió la cremallera, tomó el miembro en su mano y lo deslizó con suavidad al interior de su vagina.
Jorge imaginó su historia en “Primer Impacto” mientras Myrka, la novia de Luis Miguel; lo anunciaba como el violador de la retaguardia.
Un clímax frenético y cálidas sensaciones recorrían su cuerpo tenso. Choques eléctricos que fluían totalmente libre de presiones, obligaciones y emociones reprimidas.
-Bajan, por favor- dijo la señora gorda.
Jorge despertó de su sueño y miró su Seiko. Eran las tres y la cita era a las dos con veinte minutos.
La rubia escultural se bajó en el mismo piso de la gorda. Jorge la miró por última vez de reojo y siguió en el elevador para llegar tarde a su compromiso.
Jorge continuó con la vieja maldición del huevo y la gallina, el eterno dilema del hombre trabajador; infeliz como de costumbre con su existencia.
¿Por qué los cuentos siempre tienen un final feliz y alegre?
Por lo menos Jorge y este cuento no.

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