sábado, 9 de enero de 2010

EL ESPECTÁCULO

Fotografía: "Ilusiones rotas" (Jesús A. Sánchez Valtierra)

Todo estaba preparado. Hacía tiempo que lo habían planeado detenidamente para no tener errores. Era imposible fallar. El día fijado están preparados. Todos seguros de su papel. Breve segundos para llevarlo a cabo ¿sería posible? La duda está en el aire.

Era un magnífico mediodía soleado, me encontraba alegre, rebosante de alegría y me dirigía a presenciar el desfile militar. Cuando llegué, había una muchedumbre en torno al punto de partida, pero una gentil dama me cedió un lugar donde podría ver el desfile. Encendí un cigarrillo y me dediqué a observar a los alrededores en busca de una cara conocida, no había nadie. Entonces me di cuenta de que me encontraba a un lado exactamente del palco de honor. Hacía un calor sofocante. Sonriendo, presencié la llegada del presidente. Hizo los honores correspondientes y ocupó su lugar junto a sus colaboradores. Bromeaba con buen ánimo o al menos eso parecía. Empezó el desfile, el desfile conmemorativo del 15 de Septiembre. Se festejaba el Bicentenario de la Independencia de México. Millares de soldados, todos muy elegantes y gallardos con la vista fija como sin alma. Los mejores tanques y vehículos pasaban frente a nosotros. Aproximadamente habían pasado noventa minutos. Otro regimiento pasaba con sus armas hacia abajo en señal de saludo. El desfile humano no daba señales de acabar todavía, por lo que me acomodé en una posición más cómoda. Era imposible escapar ya del lugar. Un contingente de paracaidistas acababa de descender a pocos metros del palco de honor. Seis cazas cruzaron desafiando el cielo, semejando una bandada mecanizada de aves silvestres, tronando en el espacio en una pesada acrobacia dejando una estela de humo rojo, verde y blanco, semejando un arcoíris mexicano salido de la nada…

Miró por última vez su reloj. Revisó por última vez el plan en busca de alguna falla. Parecía todo perfecto. Era hora de entrar en acción. Sintió una sensación de alivio. La victoria estaba en sus manos.

Pensé que al menos me estaba divirtiendo. Bajé la vista y vi el reloj. Eran las 13:05 horas. La mayoría mirábamos los aviones cuando oí el tableteo de las armas automáticas. Al subir la mirada vi a dos jóvenes soldados con la cabeza descubierta, viajaban en la parte trasera de un jeep y disparaban contra el palco de honor. Por un minuto me imaginé que eran parte del espectáculo, luego los dos hombres jóvenes bajaron del jeep en movimiento y se abalanzaron contra el presidente. Los soldados vestían su tradicional verde olivo, dispararon sus armas desde el hombro mientras corrían unos veinte metros desde el jeep al palco de honor de un metro de altura más o menos. Mientras escuchaba pasmado que gritaban: “Muera el mal gobierno”. Acto seguido arrojaron granadas de mano y se oyeron dos explosiones apagadas, aunque creo que no en el palco de honor; pues la multitud incrédula y espantada no me dejaba ver. Era difícil percibir algo.

Lanzó una mirada nerviosa a su alrededor. Espléndida y completa había sido la misión. Había triunfado ¿para qué? Esa era la eterna pregunta ¡qué importaba ahora!

Los aviones acrobáticos con sus alegres estelas de humo aún describían círculos, arcos en ángulos cerrados. Al parecer no se daban cuenta de lo que ocurría abajo. Policías militares de boina roja avanzaron hacia los atacantes y los generales y diplomáticos sentados en torno al presidente aún no daban crédito de lo que habían visto sus ojos. Al mismo tiempo, un gran número de personas que ocupaban los asientos de la tribuna presidencial se desplomaban o se arrojaban al piso. Una espesa humareda cubrió el palco oficial durante aproximadamente cinco minutos, mientras se escuchaba un intercambio de palabras entre la custodia presidencial y los militares que perpetraron el atentado. Cinco minutos durante los cuales mi pensamiento se había extraviado en especulaciones entre la inmensidad del tiempo.

Levantó la vista y escuchó las pisadas y los disparos de los guardias. Una bala lo alcanzó. Cayó muerto.

La histeria se desató. Un gran número de personas quería huir, de entre ellas muchos niños que fueron pisoteados por la multitud enloquecida. Había confusión, gritos y tropiezos. Hilos de sangre mezclándose con las lágrimas y el sudor. Miles de plegarias se escuchaban. Un hombre frenético luchaba por extraer a su hijo debajo de una silla volcada. Yo continuaba aferrado a mi silla observando a la multitud, como perdido en otro lugar.
Un sector de las tribunas se atestó de soldados y policías. Un camión de treinta toneladas que transportaba un misil antiaéreo trató de retroceder y aplastó con sus ruedas a un adolescente sin que nadie pudiera advertirle.
Un coro de gritos flotaba en el aire. Volví la mirada hacia otra parte, en realidad trataba de no mirar nada. Había decenas de muertos, era imposible contarlos en ese momento.
Un pequeño con los puños apretados apoyó su diminuto cuerpo contra la pared pidiendo a su madre. Al ver a aquel pequeño con los ojos llenos de lágrimas nació en mí la cólera, la impotencia por no poder ayudarlo.
Vi como un general de elevada estatura estaba de pie en el palco de honor y agitaba ampulosamente las manos. Mientras tanto reaccioné y traté de abrirme paso. Llegaron más soldados. Miré mi reloj, eran las 13:20 horas. Los militares formaron un cordón tomados de las manos impidiendo el paso hacia el sitio del ataque.
Detrás de las tribunas varios autos con las bocinas a no dar más pasaban velozmente entre la muchedumbre para evacuar a los heridos. A lo lejos se escuchaban las sirenas de las ambulancias.
Para las 13:30 horas, los policías locales se apostaron tomados del brazo de dos en fondo a uno y otro lado de la ruta de salida del sector del desfile para facilitar el paso a las ambulancias y una multitud de automóviles privados con heridos.
Todos permanecíamos aturdidos con la mirada fija en la tribuna. Los aviones habían cesado sus evoluciones.
Nadie sabía la identidad de los militares rebeldes, si su filiación política o que grupo pertenecían. Alguien dijo que había escuchado rumores que eran del narcotráfico. Aquello fue como un mal sueño.
Fui pronto a un aparato televisor dentro de un puesto de comida rápida, cuando el Secretario de Gobernación dijo: “El señor presidente ha muerto”.
Pensé en todo y en nada.
En silencio, sin decir palabra alguna comencé a alejarme. Caminando en silencio hasta llegar a mí casa.

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